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    Ahí estaba él...


    Y ahí estaba yo, frente al Cristo. Aterrorizándome con su mirada, repeliendo todo mal, exhortándome a que abandonase todo blasfemia, diciendo: “Yo soy la verdad y la vida, nadie llega al padre si no es por mi”. Expiando las culpas de gentiles e hijos de sus tribus, estos últimos ingratos le escupieron en la cara y lo obligaron a adoptar la forma con la cual lo conocemos, derrotado, disintiendo del fragor heroico de los dioses orientales o toltecas. Me mira y me dice que obro, y en su palabra me dejo estar. Nunca le creí a su padre, tampoco supe si el cuento de su madre era cierto. Los protestantes nunca fueron buenos con ella y mi formación se la debo a estos. Lo miro y sólo veo belleza ascética sobre la cual regocijarme en momentos de penuria. Fui educado bajo las normas occidentales y la concepción de hombres blanco sobre las creencias de gente del oeste. Sé que placer alguno sería repudiado en mi al ver su torso desnudo y contemplándome con aquellos ojos vidriosos, clamando por plegarias al cielo y diciendo… heme aquí, tu hijo, padre amado. Sé que no caería en la lisérgica furia lasciva y erógena que detuvo a Mishima frente a su miembro erecto e hizo fraguar de desazón la imagen de San Sebastián, bautizándola de blanco, haciendo llorar al pobre Guido Reni. Por eso me mira y contempla un cordero de su rebaño, sabe que no me paso calienta, porque desde pequeño se me obligó a amar lo que puede ser amado y desear lo deseable. Después de tiempos oscuros, contempla mis ojos verdes, de mirada serena, que han dejado en su alma una profunda sed de amar y que yo anhelo sus caricias. Sabe que redimir a un hombre como yo es labor ingrata, muchos otros merecen más como para no bacilar frente a esta tarea, pero Dios es omnipresente y todo sapiente, sabe que en algún momento cederé. Soy hombre, creado a su imagen y semejanza. Sabe sus defectos y virtudes, por lo que se antepone a las mías. No quiere quitar su mirada de mí, pero sabe que yo tampoco puedo quitar mis pensamientos de él. Como yo, siente el frío metal en mi sien. Ambos somos ungidos, ella se deshace en llanto al verme ser coronado como un gran hombre, sabe que la veneración vendrá junto con lo venéreo. Conoce bien que mi Cristo, que no es de ella aquel, pues su lugar está en mí, nos bendecirá y ungirá nuestros vástagos, los suyos. Tiene miedo a conocer el infortunio que le recibirá en mis brazos, sabe que sólo hombres como nosotros - contemplando al Cristo - pueden traer justicia sobre sus tormentos, pero a distintos precios. Nunca pensé que él me castigaría con tal responsabilidad, no es que deba caer en delirios y cuestionar su voluntad. Él sólo pide que extienda su obra, pero a mi manera, de mala manera, pero con gratitud para con él. 

     Me mira y llora de felicidad nuevamente. Un padre es más de lo que podría pedir para sus poco ilustres hijos. Dos de ellos corren por el templo, se mezclan entre los vestidos de mujeres y lanzan escupos sobre las puertas. Mal-dicen mi nombre y el de su madre, porque esta crucificó al padre. Me llaman de maneras lascivas los otros dos y de manera violenta se disputan los insultos entre ellos.

     Me levanto del altar y todos nos celebran de manera frenética. Sus tutores saben que los dotes recibidos no son suficientes, pero no pueden lidiar contra su señor y su Dios. Saben bien que cuando la desflore sangrará como sus hermanos al negármela. Conocen bien la palabra de su señor, y también saben que las cosas son así en estos lugares. Conocen cada rincón de esta ciudad. Saben que cada almacén se alimenta de mis riquezas que son blancas y sembradas en rojo. El ardid de sus pasiones no me detiene, y mientras me alejo lo miro a él, mi Cristo. Orgulloso y queriendo intercambiar lugares, sabe que soy hombre justo y un agradecido gentil entre tantos impíos, pero me envidia. Mientras tanto ellos – los usureros - nos miran con sus largas barbas y sombreros graciosos, niegan mi templo y a su residente. Nunca fui un católico, pero así son las cosas por estos lugares. Al igual que los esculpidos hombres en esas revistas nunca gustaron de señoritas para ser acompañado y siempre desearon de reojo al lector, la capacidad de adaptación me ha sido útil en esta vida, sé que él tiene un propósito, soy su instrumento. Pese a ser hábil para asumir lugares impropios, esta tarea es la más difícil. Puede que ella no lo sepa, pero tiene un encanto magnético como la protagonista de “American Girl in Italy” de Ruth Orkin. Febriles temores me llenan la cabeza al remembrar esto. La contemplo asediada por todas las edades, todos los tamaños, todo el vecindario. Por momentos me convierto en la fotógrafa y puedo vislumbrar a mi americana, siento lo erótico que respira y obliga a emanar en los otros mamíferos. Es Malena hecha carne. Sé que no durará mucho. Estoy viejo y sólo le pido que me masturbe al amanecer. Ella está en su tiempo, dar y recibir, dar con lascivia y recibir con ímpetu y sin coacción alguna más que la carne que se llama a si misma. Me desentiendo para no sufrir, es demasiado para miembros como los míos. Poco tiempo ha pasado, ella mira y me ve lleno de complicaciones, le aburro y probablemente ame a otro, no la culpo, viejos lentos como yo no hacen mucho por nadie. Ahí entiendo que mi ocaso, al igual que el del gran Doménico Clericuzio, está a la vuelta de la esquina. Contemplando el amanecer con una vieja amiga, una vieja amante. Esa que recuerda a la que nunca poseí y a la que brindó descendencia a mi indecente figura. Pero no todo es tan bueno y novelesco como lo pensaba, todo es frío y sereno como un film de Wenders. 

    Me levanto un día 8 de Octubre y planeo mirar por café en la despensa. Alguien olvidó el sombrero en la mesa de la cocina. Al ver este objeto recuerdo la corona de espinas y comienzo a pensar en Cristo – cosa poco recurrente – y me extraño, porque sólo su presencia en caoba despertaba en mí su dogma. Pero pensé en él, supe que no era normal. Creo que es viernes pero la mujer del televisor dice “martes”. Me cuesta dormir después de despegar los pies y ojos de las sábanas. Suena una melodía desde el otro lado del edificio, un parroquiano escucha un Allegro, es George Gershwin y mi niñez toma forma. Mis padres que llegaron hace mucho a estas tierras y tuvieron vidas mucho más extensas que el segundo párrafo, eran músicos. Crecí asistiendo a sus reposiciones de Porgy and Best y montajes sobre la vida y obra de Cole Porter, aunque mi padre disentía de su vida libertina, admiraba sus composiciones. Recuerdo que solía tocar al amanecer “let’s Misbehave” - Con esos títulos sugerentes y permisivos que incitaba el ambiguo Cole - mientras hacia el amor a mi madre. 

    Supe que sería un cuento corto, no más de cinco párrafos: Génesis, aceptación, reconocimiento, remembranzas y la muerte, pero duró lo que debía durar. Eran las 9:14 y el café nunca se preparó. Me desperté con el sonido de la ambulancia y una sonda en la mano. Estaba solo y sólo entre extraños, ni hijos ni amantes, hubiese agradecido al menos un enemigo. Me dicen que me tranquilice, porque ignoran las conciencias de gente como yo. Su ignorancia es profunda al ser condescendientes y tratarme de gentil hombre, abuelito, pobre y ver en mí un hombre y no un cobarde. Me creen un anciano que pide cariño y reivindica labores desatendidas en el hijo con sus nietos. Saben que no duro más de tres líneas, yo también, pero aún así lo intentan. El desfibrilador no es tan gracioso como lo vi en las comedias, y es poco efectivo, ya me fui. Me encantaría seguir contándote como es lo que sigue, pero dije que no duraría más de tres líneas.

     

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